Era el frío ese frío que se adentra por tus huesos, sabes de lo que te hablo ¿verdad?, esa sensación que habíamos sentido tantas veces, y que nada más montarnos en el autobús se evaporaba. Pero entonces venía a por nosotros la sensación de cansancio mientras cualquier niño de ojos rasgados, cantaba, gritaba o pataleaba. Entoces para ti el viaje era un infierno para mi, era mucho más llevadero. Pero más de una vez nos pasamos la parada y entonces tocaba volver a convivir con el señor frío.
¡Déjame en mi casa!, ¡Acompáñame!, era lo máximo que podíamos llegar a conversar.
El frío el malhumor hacían de todo un desastre que nada, NADA, podría llegar a remediar.
Ni las luces de colores más bonita me hacían soñar ni si quiera ellas.
viernes, 4 de diciembre de 2009
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